A Jorge Mendoza
La zorra no describe el infinito en cautiverio, ni guarda sobre su piel ningún secreto divino. La zorra nos mira buscando la liebre, tan roja de sangre camina en sigilo y sus ojos son llamas flotando en la noche. Con paso de aguacero que empieza, la zorra no busca hacer ruido, es silencio pleno, sigilo eclesiástico de bosques, pequeño pelaje bajo puentes que lloran por los siglos pasados.
La zorra es maestra en el hurto salvaje de la felicidad y muerde con minúsculos dientes, amarga el muñón al desprender la carne.
La zorra epifánica sólo caza de noche, con el hocico rojizo reinventa el silencio, con su cola plumero sacude el aroma, el sereno nocturno que no alcanza a ser lluvia.
La zorra nunca es presa, ante la inminente caza nos lleva ventaja. Quizá desde siglos adelante camina, corre, titubea, trota, se adelanta. Imposible el rebase, la zorra se ríe con el mutismo pleno de quien se sabe hipnotista. La zorra es péndulo en la mano ilusionista. Se pierde de vista. La zorra es muy zorra, ¡qué remedio!



