domingo 13 de julio de 2008

INDICACIONES DEL BARQUERO

Debes remar sin prisa,
la otra orilla te esperará de todas formas.

Que no se cansen tus hombros,
que nunca el remo encuentre impulso del abismo.

Que tu cuerpo rompa los obstáculos que interpone el aire,
que tu mirada logre, con la persistencia del suicida,
penetrar la oscuridad del río que conduce hasta la muerte.

Qué oscura es el agua del abismo.
Qué clara te parecerá entonces la hora última.

STYX

Largo, lo que se dice hondo,
es el cauce de los ríos que no llegan al mar
y llevan en sus aguas a todos nuestros muertos.
Hondo, lo que se dice largo,
es el río que no abandona su cuenca.

Largo y hondo, lo que se dice ancho,
es el río que lleva a la amargura,
invisible por debajo de las calles
en el dolor de la madre que ha perdido a su hijo,
en el dolor del hijo que nunca conocerá a su madre.

Largo, hondo, lo que se dice invisible,
recorriendo el tiempo de la vida cotidiana,
la luz de los semáforos,
y en las llantas desgastadas de la ira,
río, invisible río,
que de tan hondo, que de tan largo
parece no llegar y llega.

Largo, lo que se dice hondo,
hondo, lo que se dice turbio,
amargo es el río que será necesario cruzar cuando anochezca.

domingo 22 de junio de 2008

ÁGATA LA TRISTEZA


A Paola Velasco

¿Qué pasa si soy el gato triste
el perdido gato en las calles el hambriento
el gato que se arrastra sobre las bardas
el escondido en los botes de basura

Qué pasa si soy el gato blanco
que no puede ocultarse de la noche
que nunca vuelve a casa
y maúlla en los recuerdos de la infancia

Qué pasa si soy el gato triste
Qué pasa si soy el gato
Qué pasa si soy él
Qué pasa si soy
Qué pasa

Qué?

martes 27 de mayo de 2008

NINGÚN RECLAMO


A Jorge Kuri, in memoriam


Morirnos todos fue la consigna,
no importa si en grandes cruces (y con renombre),
pero morirnos, cerrar la puerta al salir
y con cerrojo.
Morirnos todos
de uno en uno o por montones,
pero ausentarnos de nuestras casas,
de la oficina y de los bares,
ausentarnos de las esquinas donde el semáforo
detiene los pasos nuestros hacia la tumba.

Morirnos todos y para siempre,
fue la consigna, que algunos cumplen
antes de tiempo.

viernes 9 de mayo de 2008

LA LLUVIA INCENDIA LAS PALABRAS DE LOS MUERTOS DE MI CASA

I
Mi abuela se ha ido hacia otra parte
y ha olvidado su cuerpo en la cama
junto al tanque de oxígeno.

Mi abuela se ha ido hacia otra parte
—no sé a dónde—,
me mira desde otra orilla
y desde otra orilla me pregunta:
¿Cuál es su nombre, señor?

II
Mi abuela agoniza entre las sábanas,
platica con personas que nadie puede ver.
Ordena a Paloma que prepare la mesa
y regaña a los niños que corren invisibles por la sala.

Las palabras de los muertos de la casa
los escucha mi abuela,
quizá en el sueño seamos sus fantasmas.

Agoniza entre las sábanas oscuras de su cuarto,
ya no camina, ya no regaña el cadáver de mi abuela que aún respira.
Pero hay días, en que la lluvia no le incomoda los recuerdos
y me llama, me pide que la siente, que toque su cara,
dice que otra vez quiere bailar en la playa,
le sobra el tiempo para irse de parranda junto al mar.

Mi abuela de pronto, al cerrarse la ventana,
saluda al hombre que le detiene sus manos,
el hombre de blanco que ha venido por ella con remos en las espaldas.
—Recoge la mesa Paloma, ya comieron los niños,
no olvides regar las plantas antes de irte a tu casa.
Grita mi abuela con el aire que le queda.

YO SOY AQUEL QUE MIRÓ LAS GOTAS DEL MAR DILUYÉNDOSE EN TU CUERPO

He pensado en las palabras que cabrían a lo largo de tus hombros,
en silencio es dulce el sabor de tu piel cuando sueñas.

Eres más dulce cuando te quedas dormida, tu piel es más dulce,
más dulces tus manos que la azúcar morena,
más dulce el sabor de tu vientre
cuando por cansancio o por fastidio no me miras,
más dulce tu espalda alegremente dormida cuando el mar te ha tocado,
cuando sabes a mar y a ola furibunda.

He pensado en las palabras que cabrían a lo largo de tus piernas,
en las repeticiones posibles,
en los artificios que articulen con precisión
lo que quieres decir cuando caminas hacia mí, para abrazarme.

He pensado en las palabras que cabrían en lo dulce, en la piel dulce de tu cuello,
en las palabras dulcísimas, en la deliciosa miel de lo que dices cuando miras hacia atrás
y queda tu cuello descubierto a la mirada furtiva de mis labios

Qué palabras, ay qué palabras se podrían escribir
sobre tu cuerpo desnudo reflejando las ondulaciones de la luz sobre las olas.

DISTANCIA



Fuimos bajando hasta el fondo
por las calles del puerto. La noche
remaba en el abismo de los ojos.
Jorge Fernández Granados


Habíamos encontrado muchas luces en la selva,
pero perdimos el camino de regreso a casa.
Oscuridad por todas partes, sólo luces ululantes, voladoras,
algunas encerradas en nuestros frascos de mayonesa.

La noche se fue cerrando sobre nosotros
ocultándonos unos de otros. Las luces atrapadas languidecieron,
avanzada la noche nuestra casa estaba más lejos cada vez que respirábamos.
Parados en medio de la selva oscura, dijera el florentino,
esperábamos el amanecer que estaba a diez horas de distancia,
y la selva rujia mientras tanto,
y quebradizos aleteos de lechuzas coronaban nuestro miedo.
—No se alejen demasiado, advirtió mi padre,
pero seguimos nuestra vocación de nunca hacerle caso.
No había camino de vuelta, estábamos ahí para noche,
sus negras raíces fecundaban la tierra.

¿Cómo pudo la luz emboscarnos en la nada?
Habíamos encontrado muchas luces en la selva,
pero perdimos el camino de regreso a casa.

jueves 17 de abril de 2008

POÉTICA

Miras con precisión cada poro de la hoja,
cada línea sugerida
e intenstas las palabras, sin éxito.

DELIRIUM

He tocado apenas el manido fondo más allá de toda cosa
y eran de alcohol sus torrentes propicios al naufragio.

Dichosa tú, memoria,
que al día siguiente
te me olvidas.

miércoles 2 de abril de 2008

ELOGIO DE LA INFANCIA

A Úrsula García De Gante

Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces, apenas había apagado la lámpara, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: “ya duermo”.
Marcel Proust


¡Palmeras…!
en constante movimiento.
El patio de la casa, el camino hacia la casa
y la tormenta que agita la dureza de los frutos,
los troncos que se doblan sin quebrarse.

¡Palmeras…!
con el tiempo amarillas dando frutos secos
que se caen, que se tiran previniendo el desastre
y flores de gardenia brotando de las matas,
flores y más flores y palmeras sedientas,
lejos todavía del mar y de la arena que hierve a mediodía.

Palmeras altas y otras pequeñas al alcance de las manos,
del machete acapulqueño de mi padre
rebanando los frutos, tomando la sangre transparente de los cocos
que la tormenta precipita a la catástrofe.

El viento lanza sobre el techo de la casa
pasos indecisos de gigantes sobre el techo de lámina,
sobre el sueño que tarda en llegar cuando hay tormenta
y los cocos, las palmeras, sus brazos volando por los aires,
por los aires las hojas de la palma
cada vez más lejos hasta el patio de algún vecino

¡Palmeras…!
que resisten las tormentas pero no los rayos

¡Palmeras…!
que resisten la inclemencia del sol pero no el recuerdo

¡Palmeras! tirando cocos
aquí y allá
invisibles, silenciosas, meciéndose en el aire.

Las palmeras de la infancia aún dan frutos
que ya no alivian mi sed.

martes 18 de marzo de 2008

OTRO REINO

Me deslumbro en mis manos cuando logran
la efímera certeza de tocarte.

Rubén Bonifaz Nuño


Bailar, besarnos,
variar el nuestro abrazo al ritmo de la música,
al ritmo de la noche la primera.
Bailar como en esos días en que de pronto no dueles
y es posible salir a la calle
sin recordar tu nombre,
sin encontrarlo mal escrito en las pequeñas sastrerías,
en las tiendas de abarrotes, en las angostas fondas
donde se come mal, pero se come siempre.
Cuando es posible deambular en la calle
como cualquiera de los que ahí andan,
esos que ya, desde hace tiempo,
evitan los encuentros,
se miran sin mirarse porque no hace falta,
porque reconocen el paso,
el ritmo llorón de la viuda,
de la muchacha del departamento de abajo,
la que por muerte ha sido destinada a la soledad.

Aún es tiempo de bailar ebrios de júbilo y alcohol,
bailar a media noche afuera de un bar
donde el ruido es tanto,
que sólo nos queda besarnos, y bailar,
bailar besándonos, las lenguas bailando también,
y toda esa gente sin mirarnos
como si no fuéramos nadie,
como si no estuviéramos ahí,
cada vez más ebrios y menos noche,
amaneciendo casi la ciudad y nosotros bailando.
Luego el amor. El sueño y un par de miradas.

Bailar aunque las sillas ya estén sobre las mesas,
¿te irás, subirás a un autobús?
Antes deberemos besarnos como novios y no como amantes.
Luego fingir, y desde lejos, oculto entre la gente,
mirar la ventanilla donde sabré que estás sentada,
luego las luces rojas alejarse del autobús,
contigo adentro y tú sin caminar,
pero más y más lejos cada vez,
lejos, lejísimos…caminar sin prisa, sabiéndote ya inalcanzable.

Sin recordar tu nombre, amanezco con un paso en el sueño
y el otro en cualquier parte, pero lejos,
sin ganas de salir, pero poniendo el seguro a la puerta
para que nadie pueda robar
lo que aún de ti quedó en la casa.
Sin encontrarlo mal escrito
en las pequeñas sastrerías,
aun más silencioso tu nombre
que el silencio de la ciudad de madrugada.

Bailar, besarnos,
variar el nuestro abrazo al ritmo de la música,
al ritmo de esta noche última donde no dueles todavía
y es posible salir a la calle,
sin encontrar tu nombre mal escrito en las pequeñas sastrerías,
en las tiendas de abarrotes,
en las angostas fondas donde se come mal pero se come siempre.

martes 12 de febrero de 2008

LA ESPERA



Para Antoni Marí

Desde el fondo de la soledad y aún más de la desdicha,
si es dado que una ventana se abra, se puede, asomándose a ella,
ver, pues que andan lejos e intangibles, a los bienaventurados.

María Zambrano


Siempre estamos solos, el mundo no existe allá afuera,
ni la apretujada multitud, ni los campos, ni los bosques,
ni las playas propicias para el sosiego.

Cuando asecha el sueño o la esperanza o el dolor,
estamos solos, nadie nos espera de vuelta,
nadie recuerda nuestros mejores momentos;
(nuestra fugaz parcela de felicidad.)

Cuando asecha el insomnio o la incumplida promesa o la fe,
cerramos los parpados como para dormir
y la memoria repasa con precisión los despojos del día,
porque estamos inquietos y reinicia la mañana en sus vendimias ásperas,
su duermevela en todo lo que está al alcance
entre los sueños infantiles y la reumas de la vejez.

Cuando estamos en medio, miramos hacia atrás sin remordimiento
el paso del recuerdo que no produce temor,
reconocemos el odio,
negamos abrir los ojos porque ha sido insuficiente la noche
y escuchamos el mundo que nos llama,
su ayuna indiferencia, sus trajeadas prisas,
los desocupados asientos de la fortuna que se han alejado del todo
aunque sigamos tan solos, aunque sigamos tan solos,
aunque sigamos tan solos y solos y solos, como para morir.

domingo 27 de enero de 2008

ALEA JACTA EST

Vivo la frustración
de no tener lo que me place.
Vivo la soledad
de no dormir acompañado,
y arden mis pies cuando camino,
el recuerdo de mis pasos durante el sueño, arde.

Se me ha negado la fe
y el amor se pasó de lanza.

Porque levanto la costra de la herida
sin quejarme, lo digo:
La felicidad está en otra parte.

domingo 23 de diciembre de 2007

Querido Balthus, yo también perdí a mi gato (Fragmento)

a Elma Murrugarra


La noche que perdí a mi gato tuve un sueño.
Yo iba a la tienda a comprar algo,
un carro frenó de repente.
Yo miré la calle desierta,
ya no iba a comprar algo.
Mi gato estaba muerto tirado en la calle muerta.

La noche que perdí a mi gato, Balthus querido,
yo sólo tenía seis años.

lunes 17 de diciembre de 2007

EL AGUA Y LOS SUEÑOS

… Luego todas esas aguas calmas son de leche
Y todo lo que se derrama en las blandas soledades de la mañana.
Saint-John Perse

Siempre quiso ser un pez.
Caían rayos y nadaba sin parar, se negaba al cansancio,
buscaba el rostro de mi abuela en las aguas del río que le vio nacer,
nadaba por horas y extrañas aletas se le emparejaban,
lo miraban como si fuera un pez
y mi padre dormía bajo el río, pero despertaba antes de ahogarse,
soñaba que un inmenso cuerpo de agua lo tomaba por el cuello,
lo sacudía una y otra vez,
entonces despertaba y seguía nadando contra la corriente,
siempre contra el río a quien nunca pudo vencer.

Mi padre, solo por el mundo de las idolatrías,
esperaba la vuelta de mi abuelo que se embarcaba en el Carmen
y se dormía al esperar,
soñaba que un inmenso cuerpo de agua,
que lo sacudía por el cuello,
lo injuriaba.
Y mi padre se despertaba entonces,
subía al mástil de los barcos,
se lanzaba al río
queriendo ser un pez que sabía volar,
nadaba por horas contra la corriente
hasta el cansancio, hasta el sueño
donde un inmenso cuerpo de agua lo sacudía por el cuello
y le cantaba las canciones que mi abuela no pudo.

Mi padre pasaba horas enteras sentado en las bancas del parque
creyendo que Dios era una mierda,
se quedaba dormido y sudaba las aguas del aire,
soñaba que un inmenso cuerpo de agua lo abrazaba de pronto
con cariño maternal,
y se reconocía en el sueño, sin querer despertarse
recordaba los bailes alrededor de mi abuela
y nadando de frío por las calles silenciosas de la ciudad,
se emparejaba a furibundas aletas describiendo diminutas eses en el agua.

Mi padre encontró la felicidad en el nado,
en la imagen femenina del agua, diría por esos mismos años Gaston Bachelard,
quien trabajaba en lo mismo,
quien soñaba con inmensos cuerpos de agua que lo tomaban
por el cuello queriéndolo injuriar,
y muy temprano con el canto de las aves, mi padre y Gaston
salían a las rutas que el servicio postal les asignaba,
repartían las cartas mientras ambos pensaban en el agua,
en los sueños femeninos, en la imagen ausente de la madre
y nadaban,
uno por el agua de los sueños,
mi padre contra el agua lunar.

viernes 14 de diciembre de 2007

EL NOMBRE

Antes de morir mi abuelo me puso el nombre.
Nací un miércoles a las tres de la tarde.
Mi abuelo
olvidó llevar su sombrero hacia la muerte,
y yo crecí esperando
que un día él entrara a la casa,
llevando el pan para la cena.
Crecí entre los cantos de mi madre
y los silbidos de mi padre.
En silencio, mi abuelo me arrulló muchas veces,
en secreto decía mi nombre,
pero él no vivía con nosotros, vivía en otra parte.

Antes de morir mi abuelo me puso el nombre,
que se llame Álvaro, dijo
y Álvaro fui desde el principio.